Eran las cuatro de la tarde. Salí de mi casa rumbo a la vivienda de mi amiga Isabel. Llegué al lugar a la hora citada: cuatro y media. En el departamento de Isabel ya se encontraba Jorge, conocido por todos los amigos como Machuca, Marvin, quien tiene el cuerpo voluminoso y de buen tamaño y usa siempre unas gafas color azul, y Diana, una mujer de humilde estatura, de cara simpática y de muy buena honda.
Machuca propuso hacer la chanchita para sacar las chelas. Cada uno dio su cuota y fuimos a comprar las cervezas a la bodega que quedaba a la vuelta de la casa. Pensé que compraríamos las chelas de siempre, la de botella normal. Pero me equivoqué. Machuca le pidió a la señora que atendía la bodega una cerveza Cristal tamaño margarito. Ésta consistía en una botella de un litro. Me quedé idiota, era la primera vez que iba tomar chela con ese tamaño de botella. Sacamos tres para empezar.
Ya acomodados en la sala de la casa de Isabel, con las chelas bien heladitas, empezó la reu. Escuchábamos música a través del celular de Jorge. Todo andaba bien. El vaso rotaba y las risas se escuchan por toda la casa. Recordábamos anécdotas que nos habían pasado en el primer y segundo ciclo de la universidad. En esa tarde me enteré de todo: que tal fulano estaba con alguien, que la otra le sacó la vuelta, que tal persona no me cae, que tal profe es chévere y que el otro es un desgraciado y así cosas por el estilo.
Las horas pasaban y las chelas ya se habían acabado. No hay ronda primera sin segunda. Fuimos por tres chelas más, bien al polo, y cajetillas de cigarros. La gente ya estaba empilada. Nos hubiéramos puesto a bailar en el garaje de la casa si no fuera por los vecinos del edificio, no queríamos recibir ninguna queja de ellos y menos causarle problemas a mi amiga Isabel.
Ya en la segunda ronda de chela, mi cuerpo empezó a sentir cómo el líquido de la cerveza corría por todo mi organismo, desde la cabeza hasta los pies. Uno sabe cuando está borracho. Te sientes como si te lleneras de valor y en ese momento quisieras hacer todo lo que no harías de sano, al menos eso me pasó a mí. Veía doble a mis amigos, sentía que mis ojos se iban nublando, borrosos. Sentía que en cualquier momento vomitaría la comida que había ingerido en el almuerzo.
No era el único borracho en ese círculo de amistad. Recuerdo que los demás también estaban ebrios, bueno, excepto por Machuca. Si mi memoria no me falla, él estaba bien parado, duro, rígido, se sentía normal, su cuerpo ya estaba acostumbrado a recibir tanta bebida alcohólica.
Recuerdo también que en ese día aprendía a fumar. A fumar de verdad, a saber golpear el humo en tu garganta. Diana me ofreció un cigarro, al principio no le acepté, por dos razones: primero, porque en ese momento no sabía fumar y me daba roche decírselo y segundo, porque no me gusta que el humo del cigarro se penetre en mi ropa.
Pero después Diana me dijo:
-Chato, ya es hora de que aprendas a fumar, no te pases pues… yo aprendía a los catorce años.
Jorge, Isabel y Marvin me alentaban y me daban ánimos para que yo acepte la propuesta. Y me dejé llevar por la corriente.
Bueno- me dije así mismo- ya, qué chucha, voy a aprender. Además ya es hora de que sepa fumar. Total, una vez al año no hace daño.
Diana me daba los primeros pasos para ser un buen fumador. Cómo agarrar bien el cigarro y qué técnicas se usan para ser un buen golpeador. Quería a toda costa que yo aprendiera a pitar bien el cigarrillo. En la primera fumada-y creo que eso le pasa a los principiantes- me tragué el humo, haciéndome toser por un buen rato. Mis patas se empezaron a reír.
Vamos, tú puedes- me decía Diana. Ya en el segundo intento, sentí que el humo que había inalado se bajaba lentamente por mi garganta, como si estuviera tomando aire, y, en eso, siento por fin que de mi boca sale humo: era el efecto del cigarro, como un comprobante que estás pitando de verdad. “Ese mi chato, carajo” escuché decir a mi causa Machuca.
Mi maestra Diana se alegró un poco, pero no estaba satisfecha de lo que yo había hecho, ya que había expulsado el humo muy rápidamente. Me dio un consejo: “Tienes que botar el humo despacio y suave. Mira” y me puso un ejemplo. Dio una pitada. Pude observar como su boca pequeña aspiraba el cigarro, lo hacía con un toque muy sensual, que a veces, me daban ganas de ser en ese momento el filtro del cigarro y no el alumno aprendiz. Su boca expulsó todo el humo hacia mi cara, haciéndome toser un buen rato. Se empezó a reír y me dijo: “Viste. Ahora hazlo tú” y me entregó el pucho.
Lo hice tal como ella lo había hecho. Hice que mi boca despida muy lentamente el humo hacia a su cara coqueta. Esta vez sí me salió. Diana se alegró y me felicitó. Poco a poco empecé a garrarle maña y el gusto al cigarro. De tanto practicar, la cajetilla ya se había agotado. Fueron a comprar más a la tienda. Pensé que con esto ya había logrado un puesto en el club de los fumones, pero no, me equivoqué. Aún me faltaba mucho por aprender otros truquitos. Con la copa en la mano, Diana atinó a decirme: “Y ahora… el submarino” ¿el submarino? Me decía entre sí. “Mira y aprende”, me dijo mi instructora.
Dio una pitada al cigarro, bebió el vaso lleno de cerveza, esperó un momento… y después, expulsó el humo. Qué tal maestra la que me había tocado. ¿Lo podía ser?, me preguntaba. “No seas mala con el chato. Pucha, si lo haces, te aplaudo causa”, me decía Marvin. Machuca me dijo que a él le tomó mucho tiempo en aprender a dominar esa técnica. Me llené de valor y acepté el nuevo reto.
El vaso que me había servido estaba revalsando, tenía que agarrarlo con cuidado para que no se derramara la chela. Diana me alcanzó el cigarro, lo cogí con cuidado, estaba nervioso, tenía miedo quedar en ridículo como la primera vez delante de todos. Respiré hondo, di una pitada al pucho, esperé un toque, cogí el vaso lleno, me la empecé a tomar, ya estaba por la mitad del vaso, cuando de pronto, no agunté la respiración y el humo se había escapado por mi nariz.
Otra vez la gente se carcajeó de mí, menos Diana. Ella era la única que confiaba en mí, me daba ánimos. No quería decepcionarla, pretendía demostrarle a ella que era un buen pupilo. Me armé de valor, así que lo hice de nuevo. Seguí los mismos pasos. Y esta vez, si me ligó. Mi pata Machuca se quedo cojudo. “Nooooo… ese chato la cagada, buena maestra es Diana, caracho” dijo mi amiga Isabel. Pues la verdad tenía razón, me había tocado una profesora excelente. Tenía mucha paciencia y elegancia a la hora de fumar, y, sobre todo, sabía coquetear con el humo del pucho. Era su estilo, su forma de fumar un pucho. Tenía cara de inocente, de angelical, pero a la vez, en su interior se reflejaba una chica atrevida. Así era mi maestra ¿Quién no aprende al toque así?